Nana

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Crecía una flor en las montañas. Solitaria, aprendió a vivir sola, sin que la regaran. Por las mañanas, cantaba al viento; por las noches, observaba las estrellas.

“Es una buena vida”, se decía -era capaz de unir palabras, aunque tardaría en encontrar el don del lenguaje y aprender una lengua-. “No necesito nada más. Las nubes me hacen compañía”

Sin embargo, cada ve que hablaba a las nubes, éstas le ignoraban, haciéndose hilos por el siempre verdoso cielo.

“Es una buena vida”, es escribía -a través del viento había venido un papel y una estilográfica- “Aquí puedo escribir mis pensamientos para que alguien me diga cosas”

Sin embargo, no tenía nadie que la leyera. Y, de tanto escribir todos los días, no se le ocurría qué más poner. Además, sólo tenía un cuaderno de cuatro hojas y la tinta de la estilográfica ya estaba empezada.

Pronto, empezó a sentirse sola. No que ella lo supiera.

otro día, el cielo se nubló y gris y cieno estalló en tormenta. La flor, asustada, nunca había visto una y no sabía qué hacer ni como protegerse. No tenía nada con que protegerse. La tormenta era más fuerte que ella y ahogaba la tierra, ¡la ahogaba a ella! Los vientos la azotaban, hasta arrancar sus raíces.

Cuando amainó, por la noche, la flor ya no era tan bella: le faltaban pétalos y tenía el tallo torcido; había perdido los pistilos y sus raíces no agarraban la tierra, dando espasmos.

La flor lloraba y lloraba. ¿Cómo iba a alimentarse ahora? Ya no se nutría. Las noches se hacías más y más cortas y el viento se helaba. A ese paso, moriría.

Y a nadie le importaría. De alguna forma, ese pensamiento le causaba incomodidad.

Se levantó. Mantenerse en pie dolía. Pero más dolería no volver a sentir, razonó con ella misma. No se volvería a caer. Tendría que aprender a andar. ¿Hacia dónde iría? Miró al sol: era décima vez que se ponía desde la tormenta. El rojo oscuro, púrpura y plateado rompían el suelo. Hacia allá, decidió: hacia donde el rojo grita noche. Donde las estrellas duermen.

Al quinto sol poniente de su huida, empezó a escuchar la música.

Allá a lo lejos (paulatinamente no tan lejos) vivían las luces y colores de una feria.