“Eres bronce en el que se refleja el sol”

(εἰς τηνδε ἡεμεραν)

Playa y humo. El rumor de las olas y él sosteniendo su espada en un puño.
Él lo miró e intentó sonreír. Apoyando su mano en la mejilla de Aquiles y la otra en la que sujetaba la espada, hizo que ésta relajara la tensión.
La espada cayó a la arena.

(εἰς τηνδε ἡεμεραν)

Pero ahora la mano pertenecía a un fantasma al que no podía aferrarse, besar, solo llorar, que se deshacía en humo ante un abrazo.
Aquiles, temblando, sentado sobre un peñasco, intentó sustituir la calidez de su compañero rodeándose de sus propios brazos.

Humo y playa. El dolor del silencio y delante de él la llamada en un mar de color de vino.

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No such thing as “normal”

days like crazy paving

Let me tell you something about normality.

Normal is a construct invented by the privileged to pathologise non-conformity. Normal is a reason to keep you out of a space because you’re too brown, too female, too queer, too trans, not binary enough, not able-bodied enough, not rich enough, not connected enough for the dominant class’ tastes. Normal is why women earn less, why non-whites are relegated to poorer neighbourhoods, why queer and trans people are targets of violent crime, why disabled people are stigmatised and looked down on and shunned, why sex workers aren’t allowed the agency to run their own lives.

Most of all, normal is a lie.

I am not normal. I am too brown and too female (and femme) and too mentally ill and too queer to be normal. Most of the people I know aren’t normal. And every time one of us tries – usually so that we…

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Falsos mitos sobre gays y lesbianas

De Aquí al Pans | LGTB

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Hoy os queremos hablar sobre esos falsos mitos arrojados sobre la comunidad LGTB, así porque sí y sin consultarnos antes. Son muchos y somos conscientes de ellos, pero tenemos 6 que para nosotras son los básicos, los que a día de hoy aún podemos escuchar y que seguro, escucharemos durante más tiempo, porque queramos o no, aquello que se difunde de manera social, lo que se suele llamar la cultura social, es muy difícil desmentirlo y menos cuando podemos encontrar tanta homofobia en las calles.

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Walls & Keys

InkBlots and IceBergs

“Her heart is a secret garden and the walls are very high.” – Author Unknown

It’s a tragedy, really. The way we build walls we ourselves cannot get past. How we would rather walk the predictable plateau of emptiness than dare ride the valley’s highs and lows; how we won’t even hope to soak the sun’s warm radiance at the peaks if it involves the slightest risk of plunging in the shadows’ cold darkness at the dips. How we burn bridges and mourn at the ashes. The way we daily put on our masks and expect the world to understand and accept who we truly are.

“Having perfected our disguise, we spend the rest of our lives searching for someone we don’t fool.” ― Robert Brault

They say opening your heart is always difficult, always a risk because “love and rejection get in the same way.

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“Why Won’t You Educate Me About Feminism?”

The Belle Jar

He doesn’t hate women.

Above and beyond everything else, he wants you to know this: he does not hate women.

He has two daughters, for god’s sake, and a wife that he adores beyond anything else, and a sister that he texts every day and a mother who is the strongest person that he’s ever known – yes, stronger than any of the men he’s met. So don’t think that this is because he hates women.

If anything, his real problem is loving women too much.

See, he just wants his daughters to grow up safe and happy. And to be honest, some of the things that you’re saying – that these feminists are saying – are troubling to him.

He just wants to have a sort of academic chat. Peer to peer. Grownup to grownup. That’s all. He’s not saying you’re wrong – not by a long shot! He…

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Muslim, queer, feminist: it’s as complicated as it sounds.

days like crazy paving

There are three aspects of my identity that really can’t be untangled from each other:

I am a queer woman.

I am a feminist.

And I believe that there is no god but Allah, and that Muhammad is Allah’s messenger.

Yeah, it’s the third one that usually gets the record-scratch reaction.

I was raised Muslim, but in my teens, I became severely disillusioned with the faith. Having finished reading the Qur’an in English for the first time, I started to fully appreciate just how easy it was for people to twist and re-interpret the book to serve their own needs. I realised my father had been doing that to me for years, with his rules that he swore came “from God” and his restrictions on my behaviour that were all part of me being a good Muslim girl. Cover yourself so men don’t stare at you; do not draw attention…

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Cuentos de hadas.

Llevaba las manos cargadas con bolsas de la compra. Comida para una semana y ropa para el invierno que se acercaba a pasos agigantados.

Detestaba octubre. Por lo menos, el octubre de España. No era tan terrible como el de Argentina, ni tan repentino, pero quizá por eso le parecía tan insoportable: era un frío lento, que calaba en los huesos, un calor asfixiante y húmedo que obviaba la diferencia de cinco grados del día anterior. Sin embargo, ese octubre era distinto. No hacía un frío real, pero aúna sí había algo que se escondía detrás de las ráfagas tibias que de vez en cuando invadían las calles, agitando las ramas de los árboles.

Subió con parsimonia la escalera hacia el tercer piso. Tenían ascensor, pero no tenía manos para pulsar el botón. Tampoco las tendría para abrir la puerta, pero ya se le ocurriría algo por el camino. La pared estaba desconchada y necesitaba una mano de pintura, pero había aprendido a que no le importase demasiado: al fin y al cabo, no pasaría mucho tiempo allí. Nunca lo hacía. Era como un nómada moderno.

Con miedo a quedarse en un sitio fijo. Encontrar un lugar al que llamase casa.

Abrió la puerta, con una de las bolsas agarrada con los dientes. Tras varios intentos, la llave se dignó a abrir la puerta, quedándose fija una vez cumplida su misión. Delante de él, en la cocina,  un ser plateado revoloteaba alrededor de la mesa.  Anwar dejó la ropa en el suelo de su habitación antes de dejar la comida en la encimera. Suspirando, miró de reojo a la cosa, y se dirigió hacia el sillón destartalado, el único mueble que siempre se llevaba en las mudanzas. , sin molestarse en encender la televisión vieja. No tenía sincronizador de TDT, así que no funcionaba.

El bicho, curioso, se acercó a la única estantería que había en el pequeño y desordenado apartamento. Alzó una extremidad. Parpadeó con sus ojos compuestos y alzó una extremidad. Palpó el lomo de uno de ellos: una edición barata y azul del Ulises de Joyce. Algunas páginas estaban ya mordidas cuando Anwar lo compró en una tienda de segunda mano; seguramente, había tenido una historia muy interesante; la mayoría de los libros que había adquirido a lo largo del tiempo la tenían, aunque, quién sabe, la excepción confirma la regla.  Agarró el libro con timidez, primero, rozando con los dedos las tapas; luego, asiéndolo con más firmeza. Soltó una mezclanda de chillido agudo con sorpresa grave. Tiró de él. Cuando el libro salió del estante, cien brillos distintos de victoria, cada uno con su propio sabor, se reflejaron en sus ojos multicolor, desvaneciéndose en miedo con el ruido.

El libro había caído al suelo.

Anwar giró la cabeza, indolente. La cosa no había desaparecido en los diez minutos que llevaba ya en casa. “Oh, ahora veo haditas feas volando que tiran libros. Terminé de volverme loco finalmente”. Un momento. Rebobinó ese último pensamiento.

Se levantó del sillón, sus rodillas chocando contra la mesita  del té. Agarrándoselas y maldiciendo, cojeó hacia el bicho, analizándole mejor. Parecía una mantis religiosa plateada y alas de mariposa. La curiosidad que creía haber abandonado hacía bastantes años había vuelto de improviso. ¿Qué sería? ¿Un alien? ¿En su casa? Imposible. No era lo suficientemente interesante para ello, ¿no? La cosa no se había dado cuenta de que estaba allí.  O, quizás, no se había dado cuenta de que él se había dado cuenta de ello. Pero, ¿por qué no iba a hacerlo? Es más, en ese hipotético caso, querría decir que, normalmente, nadie podía verlo; entonces, ¿por qué él podía? La cabeza le empezaba a doler.

Quizá sí que era un hada bastante fea.

¿Qué sería lo siguiente, un unicornio rompiendo la puerta de la entrada?

Cruzándose de brazos, se aclaró la garganta. El bicho se giró, pero no pareció darle mucha importancia, ya que volvió a colocarse delante de la estantería. Anwar volvió a aclararse la garganta, esta vez más fuerte. Tosió, la garganta le picaba. El bicho le miró. Tardó unos segundos en figurarse lo que estaba pasando. Se volvió rígido. O todo lo rígido que un bicho pudiera estar. Sonrió, si a eso se le podía llamar una sonrisa, y le saludó con los dedos que salían de una de las extremidades. Bueno, por lo menos ahí se diferenciaba de una mantis. Anwar intentó devolverle el gesto, pero la falta de práctica hizo que fuese más siniestro que el del bicho.

Que estaba delante de su ventana. Estrellándose contra esa.

No, “estrellarse” no era el término correcto: si lo hubiera hecho, el cristal se hubiera roto. El ser lo atravesó. Lo más extraño no era eso, sino que no había corrido ni volado hacia el vano. Antes estaba ahí, delante del joven. Después, en la ventana. Al instante, salía por ésta.

Anwar se apresuró hacia la ventana y la abrió. No había rastro del hada. El tráfico seguía con su incesante carrera. Se preguntó con miedo si uno de los coches lo había atropellado, pero enseguida desechó la idea: aunque hubiera sido así, el bicho lo hubiera atravesado. Quizá, pensó, se hubiera evaporado. Esperó un rato. Tal vez volvería.

Nada.

Resignándose, volvió a sentarse en el sofá e hizo lo que cualquier otro ser humano hubiera hecho en su lugar: encender el portátil y pretender que no había sucedido nada.

Pena que el libro tirado en el suelo intentara recordarle que así no había sido.