Realidad privada.

Tener miedo de la oscuridad y huir de ella no va a solucionar nada. Puedes fingir que te protegen, si eso te hace sentir mejor, pero, en el fondo, no hay nadie.

Sólo tú.

Como siempre. Como todos.

Y tienes que entenderlo y luchar. No sólo por ellos. No sólo por una persona. Y, especialmente, no para alguien. Por y para ti. Aprender a vivir la vida que intentaron arrebatarte y todavía están a punto de hacerlo. A no ser que no te rindas.  A no ser que todavía quieras sentirla.

Sentir la lluvia. Sentir la alegría. Pero también la tristeza.

No pasa nada si estás triste: eso no quiere decir que no seas feliz. Es sólo un golpe pasajero. Una herida más que se sanará. Que se abrirá otra vez más. Y la volverás a curar.

Tú.

Porque no necesitas a nadie más en tu propia realidad privada.

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Nana

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Crecía una flor en las montañas. Solitaria, aprendió a vivir sola, sin que la regaran. Por las mañanas, cantaba al viento; por las noches, observaba las estrellas.

“Es una buena vida”, se decía -era capaz de unir palabras, aunque tardaría en encontrar el don del lenguaje y aprender una lengua-. “No necesito nada más. Las nubes me hacen compañía”

Sin embargo, cada ve que hablaba a las nubes, éstas le ignoraban, haciéndose hilos por el siempre verdoso cielo.

“Es una buena vida”, es escribía -a través del viento había venido un papel y una estilográfica- “Aquí puedo escribir mis pensamientos para que alguien me diga cosas”

Sin embargo, no tenía nadie que la leyera. Y, de tanto escribir todos los días, no se le ocurría qué más poner. Además, sólo tenía un cuaderno de cuatro hojas y la tinta de la estilográfica ya estaba empezada.

Pronto, empezó a sentirse sola. No que ella lo supiera.

otro día, el cielo se nubló y gris y cieno estalló en tormenta. La flor, asustada, nunca había visto una y no sabía qué hacer ni como protegerse. No tenía nada con que protegerse. La tormenta era más fuerte que ella y ahogaba la tierra, ¡la ahogaba a ella! Los vientos la azotaban, hasta arrancar sus raíces.

Cuando amainó, por la noche, la flor ya no era tan bella: le faltaban pétalos y tenía el tallo torcido; había perdido los pistilos y sus raíces no agarraban la tierra, dando espasmos.

La flor lloraba y lloraba. ¿Cómo iba a alimentarse ahora? Ya no se nutría. Las noches se hacías más y más cortas y el viento se helaba. A ese paso, moriría.

Y a nadie le importaría. De alguna forma, ese pensamiento le causaba incomodidad.

Se levantó. Mantenerse en pie dolía. Pero más dolería no volver a sentir, razonó con ella misma. No se volvería a caer. Tendría que aprender a andar. ¿Hacia dónde iría? Miró al sol: era décima vez que se ponía desde la tormenta. El rojo oscuro, púrpura y plateado rompían el suelo. Hacia allá, decidió: hacia donde el rojo grita noche. Donde las estrellas duermen.

Al quinto sol poniente de su huida, empezó a escuchar la música.

Allá a lo lejos (paulatinamente no tan lejos) vivían las luces y colores de una feria.

Cuentos de hadas.

Llevaba las manos cargadas con bolsas de la compra. Comida para una semana y ropa para el invierno que se acercaba a pasos agigantados.

Detestaba octubre. Por lo menos, el octubre de España. No era tan terrible como el de Argentina, ni tan repentino, pero quizá por eso le parecía tan insoportable: era un frío lento, que calaba en los huesos, un calor asfixiante y húmedo que obviaba la diferencia de cinco grados del día anterior. Sin embargo, ese octubre era distinto. No hacía un frío real, pero aúna sí había algo que se escondía detrás de las ráfagas tibias que de vez en cuando invadían las calles, agitando las ramas de los árboles.

Subió con parsimonia la escalera hacia el tercer piso. Tenían ascensor, pero no tenía manos para pulsar el botón. Tampoco las tendría para abrir la puerta, pero ya se le ocurriría algo por el camino. La pared estaba desconchada y necesitaba una mano de pintura, pero había aprendido a que no le importase demasiado: al fin y al cabo, no pasaría mucho tiempo allí. Nunca lo hacía. Era como un nómada moderno.

Con miedo a quedarse en un sitio fijo. Encontrar un lugar al que llamase casa.

Abrió la puerta, con una de las bolsas agarrada con los dientes. Tras varios intentos, la llave se dignó a abrir la puerta, quedándose fija una vez cumplida su misión. Delante de él, en la cocina,  un ser plateado revoloteaba alrededor de la mesa.  Anwar dejó la ropa en el suelo de su habitación antes de dejar la comida en la encimera. Suspirando, miró de reojo a la cosa, y se dirigió hacia el sillón destartalado, el único mueble que siempre se llevaba en las mudanzas. , sin molestarse en encender la televisión vieja. No tenía sincronizador de TDT, así que no funcionaba.

El bicho, curioso, se acercó a la única estantería que había en el pequeño y desordenado apartamento. Alzó una extremidad. Parpadeó con sus ojos compuestos y alzó una extremidad. Palpó el lomo de uno de ellos: una edición barata y azul del Ulises de Joyce. Algunas páginas estaban ya mordidas cuando Anwar lo compró en una tienda de segunda mano; seguramente, había tenido una historia muy interesante; la mayoría de los libros que había adquirido a lo largo del tiempo la tenían, aunque, quién sabe, la excepción confirma la regla.  Agarró el libro con timidez, primero, rozando con los dedos las tapas; luego, asiéndolo con más firmeza. Soltó una mezclanda de chillido agudo con sorpresa grave. Tiró de él. Cuando el libro salió del estante, cien brillos distintos de victoria, cada uno con su propio sabor, se reflejaron en sus ojos multicolor, desvaneciéndose en miedo con el ruido.

El libro había caído al suelo.

Anwar giró la cabeza, indolente. La cosa no había desaparecido en los diez minutos que llevaba ya en casa. “Oh, ahora veo haditas feas volando que tiran libros. Terminé de volverme loco finalmente”. Un momento. Rebobinó ese último pensamiento.

Se levantó del sillón, sus rodillas chocando contra la mesita  del té. Agarrándoselas y maldiciendo, cojeó hacia el bicho, analizándole mejor. Parecía una mantis religiosa plateada y alas de mariposa. La curiosidad que creía haber abandonado hacía bastantes años había vuelto de improviso. ¿Qué sería? ¿Un alien? ¿En su casa? Imposible. No era lo suficientemente interesante para ello, ¿no? La cosa no se había dado cuenta de que estaba allí.  O, quizás, no se había dado cuenta de que él se había dado cuenta de ello. Pero, ¿por qué no iba a hacerlo? Es más, en ese hipotético caso, querría decir que, normalmente, nadie podía verlo; entonces, ¿por qué él podía? La cabeza le empezaba a doler.

Quizá sí que era un hada bastante fea.

¿Qué sería lo siguiente, un unicornio rompiendo la puerta de la entrada?

Cruzándose de brazos, se aclaró la garganta. El bicho se giró, pero no pareció darle mucha importancia, ya que volvió a colocarse delante de la estantería. Anwar volvió a aclararse la garganta, esta vez más fuerte. Tosió, la garganta le picaba. El bicho le miró. Tardó unos segundos en figurarse lo que estaba pasando. Se volvió rígido. O todo lo rígido que un bicho pudiera estar. Sonrió, si a eso se le podía llamar una sonrisa, y le saludó con los dedos que salían de una de las extremidades. Bueno, por lo menos ahí se diferenciaba de una mantis. Anwar intentó devolverle el gesto, pero la falta de práctica hizo que fuese más siniestro que el del bicho.

Que estaba delante de su ventana. Estrellándose contra esa.

No, “estrellarse” no era el término correcto: si lo hubiera hecho, el cristal se hubiera roto. El ser lo atravesó. Lo más extraño no era eso, sino que no había corrido ni volado hacia el vano. Antes estaba ahí, delante del joven. Después, en la ventana. Al instante, salía por ésta.

Anwar se apresuró hacia la ventana y la abrió. No había rastro del hada. El tráfico seguía con su incesante carrera. Se preguntó con miedo si uno de los coches lo había atropellado, pero enseguida desechó la idea: aunque hubiera sido así, el bicho lo hubiera atravesado. Quizá, pensó, se hubiera evaporado. Esperó un rato. Tal vez volvería.

Nada.

Resignándose, volvió a sentarse en el sofá e hizo lo que cualquier otro ser humano hubiera hecho en su lugar: encender el portátil y pretender que no había sucedido nada.

Pena que el libro tirado en el suelo intentara recordarle que así no había sido.